Brasil 1950

¡Maracanazo en Brasil! Uruguay, campeón

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Un empate le bastaba a los brasileños para colocar la primera estrella en su escudo. Uruguay parecía un rival que fungiría como un comparsa para la celebración local en la cuarta edición mundialista, que se llevó a cabo en 1950.

Brasil construyó su propia tragedia. Empleó un año con 10 meses y 27 días, más de mil 200 obreros y medio millón de sacos de cemento para construir el estadio más triste en la historia del futbol.

 

El Maracaná fue ese recinto. Majestuoso, imponente, preparado única y exclusivamente para que ahí se viviera una fiesta. Poco menos de 200 mil espectadores fueron invitados a la máxima desgracia futbolística de la que se tenga memoria en las Copas del Mundo.

 

Un empate le bastaba a los brasileños para colocar la primera estrella en su escudo. Uruguay parecía un rival que fungiría como un comparsa para la celebración local en la cuarta edición mundialista, que se llevó a cabo en 1950.

 

Nadie creía en otro hecho. Todo Brasil ya cantaba victoria, los periódicos locales conminaban a unirse a un festejo épico de varios días, en donde se dejaría en claro la grandeza del futbol en el país de la samba. En el ambiente resultaba imposible presagiar que millones de personas terminarían en un llanto inconsolable por una derrota que abrió una herida que nunca cerrará.

 

“Finalizado el torneo, yo debía entregar la Copa al capitán del equipo vencedor. Como los brasileños habían vivido hasta el último cuarto de hora la ilusión de una victoria que no podía escapárseles, habían previsto para aquel momento una grandiosa ceremonia. Después de que el público hubiese oído, de pie, el himno nacional, yo procedería a la solemne entrega del trofeo...”, recordó Jules Rimet, presidente de la FIFA en ese entonces.

 

El torneo que habían hecho los anfitriones de esa justa era prácticamente inmaculado. Un inicio aplastante sobre México de 4-0, luego un empate 2-2 ante Suiza —la única mancha hasta antes del encuentro ante los charrúas— y para cerrar la primera ronda una victoria sobre Yugoslavia por 2-0.

 

Vino la segunda fase. Brasil se convirtió en un monstruo balompédico. Aplastó a Suecia (7-1) y España (6-1). El partido frente a Uruguay llegó como un platillo listo para devorarse el galardón más codiciado en el futbol internacional. Las manos de los seleccionados del combinado local se mostraban ansiosas por alzar el título en medio del éxtasis de su afición.

 

El duelo entre brasileños y charrúas transcurrió conforme al guión. Pese al empate a un gol, la felicidad comenzaba a llenar de música de carnaval a los corazones de los presentes en el Maracaná. Así se empezó a contagiar la alegría hasta que vino la muerte en vida del arquero Moacyr Barbosa.

 

El considerado mejor portero del mundo no pudo detener el disparo de derecha de Alcides Ghiggia. Era el 2-1, a favor de Uruguay al minuto 79: “Cuando hicimos el segundo gol se produjo un silencio enorme. No se oía nada. Habría 50 hinchas nuestros ¡por 200 mil [sic] brasileños!”, recordó el charrúa.

 

En Brasil, todos señalaron a un culpable. De hecho, siguen creyendo, 64 años después, que Barbosa se “comió” ese gol, un pecado imperdonable para el país más futbolero del orbe.

 

“Bajo las leyes brasileñas, la sentencia máxima es de 30 años, pero mi cárcel ha durado más de 50 años”, declaró años después el denostado meta brasileño que “hizo llorar a todo un país”, al no poder detener el obús de Ghiggia.

Barbosa fue señalado para siempre. A él se le atribuye ser el cómplice del Maracanazo que se dio en el recinto que Brasil se tardó casi dos años en contribuir y que en tan sólo 90 minutos escribió su tragedia futbolística más dolorosa.

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