Francia 1938

Un equipo que no dejó dudas: Italia, campeón

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Ese equipo nacional sólo tenía un objetivo en el Mundial de 1938: conquistar una vez más el orbe balompédico
Saltaron 11 italianos a la cancha. Ganaron el título y llevaron a su país a ser bicampeón del mundo con una marcador de 4-2 sobre Hungría en una final que no dejó dudas sobre cuál fue el mejor equipo en la tercera Copa del Mundo de la historia. Curiosamente también salvaron su vida, por lo que se convirtieron no sólo en monarcas, también en sobrevivientes de un régimen.
La Squadra Azzurra era el ejército no armado del régimen fascista de Benito Mussolini. Ese equipo nacional sólo tenía un objetivo en el Mundial de 1938: conquistar una vez más el orbe balompédico, pero no para presumir que eran los todopoderosos en el futbol, sino para que El Duce le diera solidez a un proyecto político nacionalista, militarista y combatiente del liberalismo y el comunismo.
La fórmula del dictador italiano fue la misma que cuatro años atrás. En 1934 aprovechó que su representativo nacional se quedó con el cetro en la Copa del Mundo que llevaron a cabo en casa para fortalecer el ánimo de su pueblo, en una Europa efervescente que estaba a punto de estallar en la Segunda Guerra Mundial.
Y a la usanza de lo que ocurrió cuatro años antes, el día previo al choque en donde La Nazionale disputaría la gran final del certamen contra Hungría, tres palabras contenidas en un telegrama dieron la indicación. Ese documento lo leyó en un parpadeo el técnico, Vittorio Pozzo. El mensaje era contundente, claro y mortal: “Vencer o morir”, decía el texto. El remitente no podía ser otro que el propio Mussolini.
De hecho, esas palabras fueron más intimidantes que las de un cuatrienio atrás, cuando el presidente de la Federación Italiana de futbol, Giorgio Vaccaro, había conminado a sus futbolistas con el siguiente discurso: “La última meta del acontecimiento será la de demostrar al universo lo que es el ideal fascista del deporte”.
Pozzo sabía que no podían fallar. Pensativo, frío, sin pensar demasiado en el amor al deporte, la competencia y la hermandad entre países dio la instrucción a sus hombres.
“No me importa cómo, pero hoy deben ganar o destruir al adversario. Si perdemos, todos lo pasaremos muy mal”, dijo el estratega italiano a los suyos.
Hasta el portero de Hungría, Anta Szabo, se sintió reconfortado. Su derrota, junto con los cuatro goles que le metió Italia, fueron vitales en el sentido más literal de la palabra.
“Nunca en mi vida me sentí tan feliz por haber perdido. Con los cuatro goles que me hicieron, salvé la vida a once seres humanos”, dijo con alivio.
Así los italianos se coronaron por segunda vez en fila; esta vez siendo indiscutiblemente los mejores. Pozzo cargó con una mano el trofeo Jules Rimet, pero su rostro no era totalmente alegre. Quizá sabía que más que una victoria de su país, era el encumbramiento en el mundo del deporte de Benito Mussolini.
Ese fue el final de una Copa del Mundo ensombrecida por el inminente conflicto bélico. De inicio, Italia caminó con dificultades hacia la revalidación de su cetro. Incluso, pudo quedar fuera en la primera ronda, ya que tuvo que jugar tiempo extra para eliminar a Noruega.
Posteriormente, la Azzurra echó a la anfitriona Francia y jugó contra Brasil el boleto para estar en la final. Los campeones vigentes se impusieron y chocaron ante Hungría, donde fueron mejores, aunque lo hicieron bajo amenaza. Finalmente, consiguieron que Italia se proclamara bicampeona del mundo. Libraron la muerte, a cambio del aplauso y vanagloria del dictador Mussolini.

 

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