Mundial 1998

Francia fue rey en su casa: Mundial 1998

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Fue el Mundial donde se bailó el lago de los cisnes, un cisne llamado Zinedine Zidane quien los llevó al campeonato

edgar.luna@eluniversal.com.mx

Francia 1998 fue el Mundial donde el futbol se reivindicó consigo mismo, aunque sea sólo un poco. Fue el Mundial donde se bailó el lago de los cisnes, un cisne llamado Zinedine Zidane y donde un Fenómeno saltó a la luz, un fenómeno llamado Ronaldo, quien revolucionó el mundo del futbol.

El balón rodó por los Campos Elíseos y subió a lo más alto de la Torre Eiffel, para gritar que los Bleus eran los campeones del mundo.

Aseguran que fue el triunfo de la sociedad francesa sobre el racismo del que eran acusados, ya que a pesar de ser una sociedad variada, nunca se había compenetrado entre sí, hasta que el 12 de julio en Saint Denis, el capitán Didier Deschamps levantó la Copa FIFA lo más alto que pudo. Y Francia fue campeón.

Fue una Francia multirracial. Con jugadores venidos de todos los sectores y colonias en el exterior. El mismo Zidane, cerebro del equipo, era de origen argelino, el fuerte lateral Lizarazu, vasco, el imponente defensa Marcel Desailly, nacido en Ghana y el delantero Youri Djorkaeff tenía raíces armenias.

Todo eso se olvidó en esos 30 días de magia, donde el balón y el futbol se pintó de bleu.

No fue fácil, hubo sustos, como en el segundo juego de la fase de grupos, donde con una cómoda ventaja de 2-0 sobre Arabia Saudita, Zidane, sin explicación, pisó a un jugador rival, lo que hizo que el árbitro mexicano Arturo Brizio le mostrara la tarjeta roja.

Del otro lado estaba el campeón del mundo: Brasil. Todo el Mundial estaba preparado para que Bleus y verdeamarelhos se vieran las caras en la final.

Sin Romario, quien fue dejado a un lado por disputas personales con el histórico Mario Lobo Zagallo y con Bebeto cuatro años más viejo, toda la magia brasileña se recargó en un joven que rompía defensas europeas: Ronaldo Nazario Da Lima.

El Fenómeno soportaba el peso de las miradas, pero al final, quizá fue ese mismo peso el que lo venció.

En octavos de final, las fuerzas francesas rebotaron una y otra vez contra la muralla paraguaya encabezada por José Luis Chilavert. Fue hasta el tiempo extra cuando Laurent Blanc logró romper el cerco y dar la victoria.

En tanto que Brasil vencía con facilidad a Chile, con todo y los arietes Marcelo Salas e Iván Zamorano.

En cuartos, otra pared se puso en medio de los locales: el catenaccio italiano. El cero a cero se rompió sólo por penaltis y la figura de Fabien Barthez dejó con vida a los anfitriones. Brasil, por su parte, se cansó de dejárselo todo a Ronaldo y Rivaldo despertó para superar a la engrandecida Dinamarca.

En las semifinales, los papeles se cambiaron. Brasil volvió a toparse con Holanda, la Holanda que siempre tiene con qué responder. Al final del juego, Patrick Kluivert empató y todo se definió en las penas máximas, donde otra vez el portero Claudio Taffarel, como en el 94, salió con la mano en alto.

Llegó la gran final. No había más. Todo estaba preparado para eso. Francia contra Brasil. Zidane contra Ronaldo. Pero algo pasó, algo que aún no encuentra explicación. Una noche antes, en la concentración brasileña, algo pasó. El Ronaldo que saltó a la cancha no fue el mismo. Cuenta la leyenda que sufrió convulsiones, que fue una irresponsabilidad haberlo dejado jugar la gran final; Francia le sacó provecho al asunto y guiada por Zidane se coronó.

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