En la casa de la familia Reyes

“Caímos como buenos guerreros"

Jorge Ríos
Don Abel, papá de Diego Reyes, calificó de "inexplicable" el penal marcado a México

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“¡Si es que existe un Dios escúchanos!”. Fue la penúltima exclamación de un integrante de la familia Reyes, quien a unos minutos de culminar el partido mundialista de México y Holanda, imploraba un milagro para que el Tri no quedará fuera de los cuartos de final.

Los ánimos cayeron, la pasión que minutos antes irradió en ese hogar, ubicado en la colonia San Francisco Culhuacán, en la delegación Coyoacán, acabó con esta frase: “Caímos como buenos guerreros, nos robaron con el penalti, pero así es el futbol”.

Todo estaba listo en la casa de don Abel Reyes para festejar la victoria de la Selección Mexicana; la bandera, las trompetas, el sombrero, la camiseta bien puesta y el orgullo de ser futboleros de corazón. Siete hombres, dos niños y una sola mujer contemplaban el juego.

La cerveza y las botanas no faltaron. Ya pensaban que una vez ganando el partido acudirían al Ángel de la Independencia a festejar y porqué no, de paso, a comer una suculenta birria, allá por el Centro Histórico de la capital.

Todo se quedó en eso, en sueños, en ilusiones, porque en el minuto 92 del segundo tiempo, un penalti “inexplicable”, aseguró don Abel, dio la ventaja a Holanda 2-1. “No, no. Ganar se nos va poco a poco de las manos”.

El Tricolor estaba eliminado, los “¡Viva México!”, el “¡Eso es todo chiquitos, vamos!” o “¡Este juego sí es de hombres!” pasaron a último plano para transformarse en silencio, en ojos rojos de los que no salieron lágrimas, pero sí un desconsuelo, porque el Mundial, a partir de ayer, ya no sabrá igual.

“Mi pronóstico era 2-1, pero a favor de México, no de Holanda, no queda más que decir una vez más... ¡Por lo menos llegamos, qué lástima de verdad!”.

Desde el sábado, la familia Reyes ya se había puesto de acuerdo para ver el partido en su casa. El domingo, a primera hora, todo estaba listo para vivir esa gran mañana, incluso, a diferencia de otros días se levantaron más temprano, cuando al minuto 48 llegó el primer gol de la Selección Nacional ¡Ah... hueso!, exclamaban.

Los integrantes de la familia se sentían confiados, bueno hasta una hermana le prometían a Guillermo Ochoa con tal de que no permitiera la entrada del balón.

“Ya hasta estoy sudando y eso que yo ni siquiera estoy jugando”, expresaba una y otra vez don Abel, cabeza de esta familia que se dedica a buscar locaciones para la grabación de diversos programas en la televisión. Esta vez, el set de su casa sirvió para albergar la alegría y la satisfacción de la pasión futbolera que en el lapso de los últimos 15 minutos antes de que concluyera el partido se convirtió en melancolía.

En el suelo quedaron los sombreros. La botana ya ni siquiera se terminó, pero la bandera, dijo don Abel Reyes, esa sí “la guardo porque en cuatro años volveremos a insistir. Quizá entonces la suerte nos acompañe”.

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