La Cultura del Mundial
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Javier Vargas

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La función de identidad y empatía

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rjavier_vargas@terra.com.mx

En tanto lucha, el futbol es la representación de una batalla, pero reglamentada, por tanto, civilizada. Como espectáculo, representa un drama (a veces una comedia, a veces una tragedia, como la que sufrió Brasil ante Alemania), con una suerte de guión dispuesto para diversas situaciones mediante la interacción de los 22 jugadores, un árbitro y sus dos ayudantes. Durante la función, el público se identifica con los acontecimientos de la cancha y los vive a su manera. La sensación de ser protagonista de los hechos, le hace olvidar, al menos momentáneamente, sus problemas laborales, económicos o familiares.

En el libro, Ensayo de doctrina, se lee: “En efecto, el deporte aporta al hombre el esparcimiento compensatorio necesario para preservar el equilibrio emocional e integridad física.” Incluso, según el ensayo, Sociología política del deporte, “En el espectáculo deportivo se opera una especie de fusión psicomuscular entre los actores y los espectadores… Cuando el ambiente de fusión es muy fuerte, la obnubilación de las facultades críticas puede llegar hasta una determinada forma de oscurecimiento de los sentidos, y aun a la alucinación.”

Desde el momento en que el árbitro da inicio al partido, los aficionados apoyan incondicionalmente a su equipo, aplauden sus proezas, pasan por alto sus faltas, protestan airadamente si son del oponente, gritan, a veces cantan, a veces lloran. Pase lo que pase en la cancha, el balompié es una aventura que polariza de tal modo las emociones y los sentimientos, que no pocas veces lleva a situaciones extremas.

Más allá del desahogo emocional, también se crea un peculiar ambiente de identidad y empatía. El doctor Santiago Genovés, en su ensayo, Expedición a la violencia, dice: “En un mundo tan chato, sin aventura, deshumanizado, estandarizado, el espectáculo-deporte adquiere y proporciona una función de empatía. Por empatía y por proyección hacia los que actualmente juegan recobramos nuestra identidad un tanto perdida. Identidad personal, provincial, de grupo, de idioma, y aún, religiosa. Con la tergiversación constante de noticias de todas partes, muchas sobre violencia, comenzamos por no saber ni quiénes somos, ni dónde estamos. Acudimos a cualquier deporte masivo: son los colores patrios, los del club, los conocidos, con los que nos identificamos. De inmediato tomamos partido. Rara es la persona que asiste a un deporte que no desee, por lo anterior, que gane uno u otro equipo. ¡Ganamos con ellos! ¡Nos autoconfirmamos en nuestros valores con ellos! ¡Lo nuestro es mejor que lo del de enfrente! Somos alguien, poseemos identidad, y la nuestra es la buena. Estamos tan necesitados de dicha identidad que olvidamos lo absurdo del caso en muchas ocasiones”.

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